Infernum et abyssus

INFERNUM ET ABYSSUS

Para B.

Cuando aparcaron el coche, Marga pudo respirar tranquila. Conducir tanto rato bajo la tormenta en esa carretera de curvas la había angustiado mucho. Y aún más nerviosa se había puesto cuando Juan había hecho callar a los niños y a ella le había dicho “no pasa nada, amor, tú conduce despacio y tranquila, que no pasa nada”. En ese momento Marga había tenido claro que su marido estaba tan angustiado como ella. Se contagió del todo, y decidió parar el coche en un saliente de la carretera. En el asiento de atrás, Pablo desempañó el cristal de su ventanilla y dijo:

¡Mirad!

Su hermano pequeño se desabrochó el cinturón y se le apoyó al regazo para poder pegar la nariz al cristal helado. Se ilusionó de repente:

¡Oh!, ¿vamos?, ¡vamos, vamos, vamos!, ¡plis, plis, plis!

Juan miró a Marga. Pensó que al fin y al cabo era una manera de intentar salvar aquel sábado familiar que la lluvia había arruinado por completo. Aunque odiaba mojarse y, si no hubieran tenido a los niños, se hubiera quedado encerrado en el coche con Marga las horas que hicieran falta. Su mujer le miró agobiada y le dijo:

A mi con tal de salir de este coche me va bien.

Los cuatro corrieron desde el coche con los cuellos de las chaquetas arqueados sobre sus cabezas. Juan cogía la mano de Dani, que riéndose procuraba dar pasos gigantes como su padre sobre el barro. Pablo miraba a su madre y a la vez se preocupaba de no resbalar.

La pequeña iglesia se levantaba en medio del campo, entre dos curvas pronunciadas. Bajo la lluvia torrencial se veía borrosa, sin relieves ni sombras, pero al acercarse se podían ver contornos de piedra antigua bien definidos, con algún surco que el paso del tiempo dejó como advertencia. Ninguno de ellos hubiera sabido decir de qué siglo era, porque a ninguno les había interesado nunca ni la historia ni la arquitectura. Pero aunque un poco descuidada, era muy, muy antigua. Eso seguro.

Tuvieron suerte de que el cerrojo de la puerta no cerrara: el resbalón estaba oxidado y no podía encajar dentro del agujero. Pablo entró el primero, y detrás suyo todos fueron descubriéndose las cabezas devolviendo a sus chaquetas empapadas su función habitual, suspirando después de la carrera entre charcos y mirándose cómplices unos a otros, con alivio.

Al ajustar la puerta detrás de Marga, un chirrido resonó en el silencio del templo. El ruido de los pasos de Pablo, acercándose al centro del pasillo entre bancos de madera, parecía el de un ogro lento y perezoso. Dani sacudió bruscamente la cabeza para hacer saltar algunas gotas de lluvia de su pelo.

A fuera se oyó un trueno.

Caray, qué bonita ―dijo Marga, apartándose el cabello de la frente―. ¿Qué hará, en medio de esa carreterita del diablo?

Antiguamente habrían campesinos en estos parajes —dijo su marido.

Pues ya me dirás tú, qué puta mierda vivir aquí ―dijo Pablo.

¡Ha dicho puta! ―gritó Dani. Juan y Marga miraron recriminadores a su hijo mayor.

Pues no lo digas tú también. Basta con uno que no sepa hablar educadamente.

Marga avanzó hacia el altar por un lateral, mirando las paredes de la iglesia. No había cuadros ni estatuas como en la parroquia del barrio donde su madre iba a misa, sino inscripciones grabadas sobre la misma piedra escritas en latín. Olvidó todo lo que había aprendido de tal lengua muerta en el instituto, juraría que el mismo día que pisó por última vez aquella clase.

Pablo ―dijo, sin alzar mucho la voz―, ¿tú sabes qué pone aquí?

El hijo mayor se le acercó y se quedó quieto a su lado. Ya era más alto que ella. Leyó la inscripción para adentro y respondió a su madre:

Ego non scire, mater. Non putum ideum ―y apoyó la mano en el hombro de Marga, que tuvo un escalofrío con el gesto y le tembló todo el cuerpo abruptamente. El chico se rió― ¿Te has asustado?

No sé ―respondió ella retraída, y volvió a mirar a la pared de reojo.

Aún al lado de la puerta, Dani se divertía tocando con la punta del dedo las bañas de un caracol. Juan se había sentado al último banco, paciente, mirando a su hijo jugar con el animal, preguntándose cómo habría entrado allí.

Papá, ¿dónde están los caracoles cuando no llueve?

Juan odiaba no tener respuestas para sus hijos. Así que le ordenó que dejara al pobre caracol en paz:

¿No ves que lo que le estás haciendo es como si alguien viniera y te metiera constantemente un dedo enorme en los ojos?

Juan vio su mujer acercarse, se sentó al lado de él, le rodeó con el brazo la cintura, y el contacto de sus dedos con su torso le hizo temblar y notó una pulsión fría y desagradable recorriéndole el espinazo. Pero no se apartó, porque no quería que ella se lo tomara mal. De repente, Dani gritó: “Ooooouuuoooouuaaaahh…”, y un eco salió de las profundidades de la capilla. El estruendo de un trueno hizo que el niño temiera lo que acababa de hacer. Su hermano mayor se río.

¡Venga, va, Danirulo, vamos a hacer un canto gregoriano! ―el pequeño no supo a qué se refería Pablo, pero enseguida empezó a imitarle.

Los dos hermanos daban voces que resonaban entre las piedras de la iglesia: sonidos vocales sin sentido, aes, ees y ues mayormente, guturales y lentas reiterándose como encadenadas unas tras otras. De vez en cuando uno de los dos soltaba una carcajada escandalosa, cogía aire y seguía con el canto. Ambos tenían una actitud forzadamente altiva, ridículamente seria; con la espalda recta, abrían exageradamente las mandíbulas pero cerraban los labios al máximo, gesticulaban con las manos tocándose el pecho y luego alargando el brazo hacia afuera en un círculo, y miraban hacia el techo. Tenía una cúpula modesta, de piedra ennegrecida, y dejaba ver su esqueleto hecho de arcos.

Por las pequeñas ventanas abiertas rumoreaba el agua de la tormenta. De repente, un aire gélido empezó a soplar, silbando siniestro por las brechas del templo. Oscurecía rápido, pues el invierno apretaba los días, y pronto los dos hermanos sacaban vaho al cantar sus lúgubres melodías inventadas. El resplandor de un rayo iluminó sus rostros marcándoles las sombras de los ojos, y seguidamente un trueno les estrujó a todos los oídos y la piel. Dani tuvo miedo, y al coger con las manos la pierna de Pablo, este se turbó y se apartó de un salto. Había notado un escalofrío y no había disimulado la repulsión. El pequeño sollozó por tal rechazo, y Pablo, sintiéndose culpable aun sin saber por qué había reaccionado así, quiso animarle de nuevo:

Danirulo, ven, vamos a ver qué hay bajo el altar.

Sentados a la última fila de bancos de madera, Marga y Juan susurraban. Él quería irse ya, ella negaba con la cabeza:

Cada vez llueve más en vez de menos, Juan. No podemos coger el coche así por esta carretera del diablo, es una imprudencia. Esperemos un poco más.

Llamaré al hotel para avisar que llegaremos más tarde de lo previsto.

De acuerdo. Cuando pare la tormenta llamaré a mi madre ―dijo ella.

Mientras Juan se levantaba del banco para llamar al hotel, los dos chicos encontraban un libro bajo la mesa del altar. Era muy viejo, estaba húmedo, olía mal, tenía el lomo completamente destrozado, las páginas eran marronosas y onduladas. Lo pusieron encima del altar y abrieron una página al azar. Había un dibujo lineal, de trazo simple: un monje, unas calaveras, cuerpos sufriendo en el fuego, manos pidiendo ser rescatadas de las llamas.

Infernum et abyssus, leyó Pablo en voz baja. Otro trueno retumbó entre las paredes.

Marga tuvo frío sin el cuerpo de su marido al lado. Dani no quiso coger la pierna de su hermano mayor esta vez, pese las ganas de tocarle como un náufrago tocaría un trozo de madera. Juan no conseguía hacer funcionar el teléfono. Pablo sintió un soplo de aire cerca de su nuca, y con cierto esfuerzo comenzó a pronunciar el cántico que había escrito en el libro polvoriento y lleno de mugre.

Volvieron a resonar los tonos de canto gregoriano, las aes y las ues alargadas, pausadamente, inventando una melodía funesta que echaba de menos otra voz, algún instrumento, cualquier cosa que llenara el vacío cuando el chico cogía aire y daba paso así a pequeños silencios que se colaban por las brechas de las palabras.

Dani sabía que todo era broma, que Pablo cantaba para hacerle reír, para ahuyentar sus miedos. Intentó reírse, pues, pero no encontró la risa; nada le hacía gracia, solo consiguió forzar una carcajada sombría que asustó a su madre, sentada en el último banco de madera tiritando de frío, pálida y con los ojos muy abiertos pero cansados, envueltos en unas ojeras oscuras.

Marga ahogó un pequeño grito. Sus hijos le parecían desgraciados de repente, de pie al final de la iglesia sórdida, alumbrados por la tenue luz azulada de aquél anochecer tormentoso. Les veía mustios, con los hombros caídos hacia delante, despeinados y desalmados detrás del altar.

Juan estaba cansado y desvaído. Apoyado en la pared fría, toqueteaba las teclas del teléfono; la luz espectral del aparato le deslumbraba la cara, y las anchas y profundas cuencas de sus ojos quedaban a oscuras, como vacías.

De repente, una mano se posó sobre su hombro.

Esto no va, amor ―dijo él con fastidio―, no sé qué le pasa a este chisme del demonio.

La mano en su hombro apretó.

No pasa nada, amor, a ver si lo arreglo ―dijo.

Y la mano apretó tanto que hundió las uñas en su carne y él lanzó al aire un grito ahogado. Sintió la piel desgarrada y el dolor en el estómago le cortó la voz. Al girarse vio aquella mano, que no era de su mujer sino del vacío. Una mano pálida y putrefacta, con la piel enjuta recubriéndole los huesos, angulosa y fuerte, y con unas uñas secas, descamadas y cortantes. Se adentraba en su carne y le agarraba la clavícula.

Pablo enmudeció. Notó la presión de las manitas de su hermano como le apretaban la pierna de nuevo. Cada vez más fuerte, las dos manos apretaban su muslo angustiosamente. No sabía que hacer para que Dani se relajara; estaba paralizado, su cuerpo no respondía. Las manos empezaron a apretarle más, hasta que Pablo gimió y notó como un líquido le bajaba por la pierna. Al mirar vio su propia sangre empapándole el calcetín. Vio también que las manos que le cogían no eran de Dani: salían de detrás suyo, de entre las piedras de la pared.

El pequeño echó a correr hacia su madre por el pasillo entre los bancos y un relámpago iluminó el espacio inundándolo de una luz aterradora y confusa. Dani cayó al suelo y más manos salieron a buscarle. Salían del suelo, de las ranuras oscuras entre las piedras centenarias. El suelo se abría y agrietaba los grabados. Brechas de oscuridad rompían cuerpecito, paredes y suelo.

Marga notó como sus tobillos eran presos. No probó de escaparse, únicamente con respirar sentía el dolor. Una garra le quebró el peroné. Otra quebró dos costillas.

Había manos rebrotando por todas partes, Pablo no pudo avanzar un palmo. Desde el altar vio como la tierra engullía los cuerpos a trompicones, atascándose en las ranuras, cada vez más desmenuzados. Sus propios huesos cedieron como palillos a las garras del abismo.

Horas después el sol radiante secó el barro del campo donde se erguía la ermita sobre el infierno y el abismo.

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