Hueso y corazón

cropped-cropped-2015-06-21-15-09-20-e1455570543216.jpg

Carol tiene las cejas muy gruesas, tupidas y negras, y hacen que su cabello castaño rojizo fino y largo parezca una peluca. Pero le duele demasiado depilárselas, un buen día decidió que no lo haría más y que conviviría con sus cejas enteras de nuevo, porque el sacrificio no valía tanto la pena. Y ella, de sacrificios, entiende mucho. Estira los brazos hacia arriba, luego hacia el techo, luego hacia los lados. El hombro le da punzadas, pero Carol se consuela diciéndose a sí misma que le duele menos que ayer, aunque no sabe si es verdad. Jonny, el fisioterapeuta, le lanza un vistazo para comprobar que esté haciendo bien los ejercicios. La sala de rehabilitación huele aún a blanco recién pintado, y como siempre la calefacción está demasiado alta. Hasta el tal Andrés suda mientras hace una serie de ejercicios de rodilla.

Andrés se levanta de la camilla y se dirige a la espaldera. Allí cuelga un objeto de tela gruesa, verde fosforito, con las puntas pesadas forradas de plomo y un velcro en cada extremo. Cogiendo el objeto le da por pensar en el velcro del collarín de su madre, que sigue en casa quejándose porque no puede fregar como antes y poner lavadoras como antes y cargar con la compra como antes, y todo por culpa de su hijo: Andrés. Después de rascarse el cuello con las puntas de un tenedor le dice: “Andrés, abróchame bien el collarín, anda, que ya me va suelto otra vez”. Ahora él vuelve hacia la camilla, y se sienta en el borde. Coloca el objeto de tela verde fosforito con pesos en las puntas sobre su empeine, y dobla la rodilla. Una, dos, tres veces. Tantas veces que pierde la cuenta. Jonny pasa a su lado, le mira y dice: “átate el velcro”. A lo que Andrés responde, bajito: “¿Hace falta?”. “Así harás más ancho el movimiento”, contesta Jonny, en voz alta, ya casi desde la otra punta de la sala, donde Arianna tiene la mano cubierta de parafina.

“¿Cuánto rato lleva, Arianna?”, le pregunta Jonny. Pero la mujer de ojeras violetas y mallas de ciclista no responde. Viste, como cada día, una camiseta de las Olimpiadas del 92. Jonny no se acerca nunca, dando por sentado que huele mal y sin ganas de comprobar si se equivoca. Arianna está sumida pensando en los niños de Júlia. Hoy les ha podido, por fin, preparar el bocadillo para el recreo. Incluso ha dejado una nota para la señora, con letra trémula pero entendedora: Señora Júlia, falta comprar detergente en polvo y bolsas de plástico con cierre. Me encargaré yo misma al salir de la rehabilitación. Los bocadillos los ha hecho de Nocilla, para Kili, y de mantequilla con azúcar, para Nela. Como a ellos les gusta. A ver si así le empiezan a perdonar lo de Bubu. Pobre Bubu, pero aún más pobre Arianna, ¡tener que cargar con eso! Solo espera que cuando los niños sean mayores ya no se acuerden de Bubu… Emerge la voz de Jonny de entre sus pensamientos: “Arianna. Arianna. ¡Arianna! ¿Cuánto rato lleva?”. Ella, ojerosa y de pelo ondulado, se gira de repente y ve a Jonny con los ojos muy abiertosque espera su respuesta. Dice: “Perdona, hijo, no te oía”. Luego mira al reloj y, sin acordarse de cuándo empezó con la parafina, improvisa: “Cinco minutos, llevo”. “Vale. Un ratito más”.

Justo entonces llega Adela. Ve a Jonny acercarseal escritorio de la entrada; remueve algunas fichas y teclea algo en el ordenador. ¿De dónde debe ser? Colombiano seguro que no, no tiene acento colombiano. ¿Venezuela? ¿Perú? Desde luego no es de Chile, Argentina ni Brasil, no. A lo mejor es de ese país pequeñito, Surinam. En Surinam, Adela no ha estado nunca. A lo mejor es de Ecuador… con un acento difuminado por los años pasados aquí. Adela se encaja bien los pechos en los sujetadores, cuando cree que nadie la mira. Ha dicho hola al llegar, pero ninguno de los tullidos ha respondido. Y de repente, Jonny dice: “Adela, a la magneto”. Ella va directa a la tercera camilla, se sienta allí y Jonny le pone la máquina directa al tobillo. A su lado, la chica de las cejas mueve los brazos en todas direcciones. ¿No tiene amigas que le digan que debería depilárselas?. “Quince minutos”, dice Jonny. Y Adela le pregunta: “Jonny, ¿cuándo crees que podré volver alas clases de bachata?”. El chico le coge los dedos del pie y tira de ellos. “¿Te duele eso?”, y ella se hace la fuerte hasta que emite un ruido con la boca sin querer. “Espera unos días aún”, dice él, y se va, dejándola sola al lado de la chica de las cejas que expira escandalosamente cada vez que mueve los brazos.

Carol tiene los ojos cerrados. Brazos arriba, al lado, hacia el techo, hacia los pies. Su hombro se estruja. Inspira, expira. Vuelve otra vez al recuerdo recurrente: frenteal ring la gente sentada en la gradería gritaba, todo el mundo gritaba y se levantaba y daba palmadas secas. Menos su madre, que permanecía quieta a primera fila con las gafas de sol puestas. “Así se nota aún más que lloras, mamá”, pero la madre no le hacía caso. Carol y su enorme contrincante llevaban rato luchando, las dos sudaban, sus keikogis estaban empapados pero sus cinturones azules no cesaban ni un milímetro. Su contrincante atacó de nuevo desde la posición kamae, lanzando patadas que Carol paró con su antebrazo. Ella salió por el suelo con un kaiten, y al levantarse flexionó y lanzó una patada alta, pero su contrincante la tiró al suelo casi sin esfuerzo: Carol voló un segundo de espaldas en el aire y, luego, el golpe. Algo le dolió muy adentro e hirvió su sangre que se escampó por todo el cuerpo. Los gritos de euforia y de rabia se mezclaron en el vaivén que retumbaba en sus oídos, y en un segundo ya no había luces, ya no había nada, no había combate, no había espacio ni tiempo. Ahora, al lado del tal Andrés y la chica guapa con cara de estirada, mientras piensa en el combate, Carol se pregunta si la muerte tiene algo que ver con aquellos minutos que pasó desparramada en el ring como si sus extremidades no formaran parte de su cuerpo. Alza los brazos y expira, y los lleva a sus costados y expira, y los extiende hacia sus pies y expira. El hombro duele, pero menos, se repite. Y recuerda de nuevo el despertar en la camilla de aquella ambulancia, recuperar la consciencia con los quejidos de su madre sentada a su lado, “era una gorda, esa desgraciada. Un monstruo. Qué bestia, Carolina, qué bestia la mole esa… Ya lo sabía yo que esa te haría daño. Si la pillo la mato, te lo juro, ¡yo la mato!”, mamá con el cinturón de la ambulancia puesto como si le impidiera hacer una locura.Y entonces Carol sintióun dolor intenso en la nuca y las sienes, y sintió también que le habían arrancado el brazo. Perosegundos después tuvola alegría de ver que no: que solo por dentro su hombro se habríadesenganchado o roto o triturado, quizás todo a la vez. Pero no era nada, aunque le costara quedar fuera del campeonato. Jonny dice “ya está, Carol”. Ella salta de la camilla, se calza y coge la chaqueta azul eléctrico del perchero, y se la va poniendo mientras dice: “¡hasta mañana!”. Nadie responde.

Por la misma calle empinada por donde baja una chica con unas cejas abundantemente negras y un pelo liso color castaño rojizo, que contrasta con una fina chaqueta azul chillón, Segismundo sube entre jadeos sin renunciar a tararear una canción de radio. Las cervicales le duelen a cada trote que su cuerpo da y, cuanto más duelen, más fuerte y alegre canta él: …cuando te duela la cabeza y se termine esa cerveza, cuando las alas de tu avión se derritan sin razón… Abre la puerta, deja sus cosas en una taquilla, y entra radiante en la sala. Nadie le saluda, y él se dirige sonriendo a los taburetes de madera que hay frente al espejo. “¡Qué calor hace aquí, oye!”, y con su manaza hace gestos para remover el aire cerca de su cara. Empieza la serie de ejercicios. La cabeza a un lado, la mano dándole peso, respirar hondo… Jonny pasa detrás suyo y le da una palmadita en el brazo. “¿Qué pasa, Jonny?”, dice Segismundo, sonriendo al chico a través del espejo. Pero Jonny ya no contesta, ni le mira siquiera, y pregunta en voz alta, hacia el otro lado de la sala: “¿Cómo vas, Andrés?”. El hombre de la última camilla se encoje de hombros. Si Segismundo se encogiera de hombros tantas veces y con tanta dejadez como lo hace siempre aquél calvo flaco, sus cervicales se retortijarían como una toalla al ser escurrida. Quizás, se dice Segismundo, es buena idea; de ahora en adelante retorcerá las cervicales de vez en cuando, como veinte veces al día, a ver si felizmente empeora. “Segismundo, no fuerces. Treinta segundos a cada lado, o te harás daño. Y tú, Andrés, cambia ya de rodilla”.

Andrés dobla la rodilla izquierda, huesuda igual que la derecha. Piensa ahora en su padre. Piensa en la silla de ruedas que no pasa por la mitad de las puertas del piso. Piensa en aquél hombre que su padre era, que nunca antes del accidente había pedido nada, ni un mísero favor, y ahora se lo imagina diciéndole a su madre: “Sunsita, tráeme las gafas. No, mujer, éstas no. ¿Cómo quieres que me ponga las gafas de sol para leer el periódico en casa?”, y su madre con el collarín y el tenedor de arriba abajo, y la muleta traqueteando por el pasillo buscando las malditas gafas de leer. Andrés recuerda el accidente como si fuera ayer: aceleró y se empotró contra aquel árbol. Nunca antes su corazón había martilleado tan fuerte. Al chocar sintió un miedo liberador. Y luego miró atrás y vio a su padre con las piernas chafadas contra el asiento delantero, y su madre con el cuello torcido como si fuera un ser abominable de alguna casa de los horrores. Solo los había magullado. Y él había sobrevivido.

“Ese calvo flaco no ha abierto la boca en las dos semanas que llevo viniendo aquí”, se dice Adela. La máquina de la magnetoterapia pita. Ella mira a Jonny, pero este sigue hojeando unos papeles en el escritorio. Adela se acerca al cubo de pelotas de espuma. Coge la verde, porque le parece más limpia que las amarillas. Se la pone debajo del pie y empieza a hacer movimientos circulares con el tobillo. Diós sabe cuántos pies sudados han recorrido antes esta pelota. Suspira. Parece que la aguja del reloj está aún medio dormida, como ella. Esta tarde vendrá a verla Fausto. Hacer el amor con el tobillo tieso es difícil; ella suele estar tensa, con miedo a dejarse ir demasiado y darse un golpe, o hacer un mal gesto. Aunque con Fausto se habían reído mucho: durante unos días el pie dió rienda suelta a toda una serie de bromas fáciles que les habían divertido a los dos. “Al final está chévere que te rompieras el tobillo, así encontramos nuevas formas y posiciones, creo que ahorita me van a ir las tulliditascomo vós”. Pero a decir verdad ya hace días que las bromas tontas no les hacen tanta gracia. De hecho se aburren incluso en los orgasmos.

En el rincón de la sala, Arianna se seca la mano con un trozo de papel. Ya hace rato que no piensa en los bocadillos de los hijos de Júlia. Ahora no deja de pensar en Bubu. ¿Cómo le van a perdonar lo de Bubu? Recuerda su cuerpo aplastado sobre el asfalto. Los ojos fuera de los cuencos. Toda la sangre desparramada por la calle, sobre su hocico sin aire, salpicando su pelo recién peinado. El hombre del coche que lo atropelló salió del vehículo insultándola, pero Arianna no lo oía. Solo podía entender que habían atropellado a Bubu, que a ella el tirón de la correa le había hecho muchísimo daño en su vieja muñeca derecha, y que los niños, Kili y Nela, estaban llorando y vomitando en la acera, y seguramente anidando un odio hacia ella que seráimposible de menguar. No le queda más que confiar en el paso del tiempo. Que el tiempo haga su trabajo, como tantas otras veces lo ha hecho. En cambio, la Señora Júlia sonríe cada vez que se acuerda de la muerte de la pestilente mascota; por fin cesaron los ladridos agudos y el repiqueteo de las uñas en las baldosas de la casa, por fin el sofá vuelve a oler bien. Se puede decir que felicitó a Arianna con la mirada el día de la tragedia. Eso es lo peor, la recompensa de la señora por la muerte de Bubu: “Arianna, no te molestes, ya lo haré yo. Arianna, descansa un poco en el sillón, tranquila. Arianna, vete a rehabilitación, no vaya a ser que llegues tarde”. Ahora Arianna sigue secándose la mano, con mucha parsimonia, y el señor del chándal la mira y le guiña un ojo. A ella le cae bien este señor: gordo y peludo, de ojos pequeños y saltarines, siempre alegre. Le recuerda a Bubu.

Segismundo va pensando en qué le habrá pasado a la mujer ojerosa con camiseta de los Juegos del 92, que siempre anda como un alma sin cuerpo por la sala, mientras abre la cremallera de su chándal y lo cuelga en el perchero. Ya ha acabado las series de ejercicios y ahora viene lo mejor: “¡Hora del masaje, Jonny!”, se frota las palmas de las manos una contra otra, y se tumba en una camilla. Jonny se acerca, y se ríe sin ganas. “Cualquiera diría que te gusta estar así, Segismundo”. “Bueno, me gusta”. “Nadie viene aquí diciendo: mirad lo bien que estoy”. “Yo, sí”, ríe Segismundo. Jonny se pone los guantes y masajea el cuello de Segismundo, que parece de oso, ancho y peludo, grasiento, de piel retostada mil veces por el sol. “¿Cómo no voy a estar bien, yo, aquí?”, va diciendo, mientras con el rabillo del ojo mira a la muchacha que da vueltas al tobillo con el pie encima de una pelota de espuma verde. Qué curvas. Pero cómo no iba a estar bien aquí él, viendo la espalda de esa chica, el arco hacia adentro que hacen sus lumbares, los cabellos largos sobre el hombro, y esas piernas tan poco vividas aún.

Adela ve por el espejo que el gordo a quien Jonny masajea la mira todo el rato. Qué baboso. Si por cada baboso que la mirara le dieran un céntimo, dejaría de servir copas en el Cochabamba Club. Aunque no se puede quejar: le van a pagar una buena indemnización por eso del tobillo. Nadieva a saber que en realidad se lo torció con los zapatos de tacón, practicando bachata en el corredor camino al almacén, cuando nadie la veía. Incluso a Fausto le ha contado la versión oficial, es decir, la mentira: en el suelo había agua o cerveza o lo que fuere, resbaló y tocó con los bidones que no tenían que estar allí, para la seguridad del empleado. Cinco mil, así de golpe, le van a caer del cielo. Pensaba comprarse más tacones, unos más altos. Yel Zara entero. El gordo baboso sigue mirando de vez en cuando, mientras Jonny le da el masaje.

Contento, Segismundo dice: “Estoy a poco de conseguir la incapacidad laboral, Jonny. El traumatólogo está a punto de darme por perdido. Vacaciones pagadas para toda la vida, chico”. “Qué morro tienes, Segismundo”. “¡Qué morro ni qué morro! Eso tú, que no haces el huevo; masajito por aquí, masajito por allá…Yo llevo ya veintiséis años en la construcción, levantando el país. ¡Levantando casas para el país!”. “Bueno, tú vigila que no te oiga quien no te tenga que oír, Segismundo”.

Mientras-tanto Carol llega a casa y mira la estantería de los trofeos. Mamá ha vuelto a desordenarlos sacando el polvo, alguno incluso está volcado. La foto de Carol con Laura,su maestra, ambas vistiendo sus keikogi sonriendo a la cámara el día que le concedieron el cinturón azul, está otra vez boca-bajo. Colocándola bien, a Carol le resuenan en la cabeza las palabras que mamá le repite cada día desde la lesión: “Se acabó todo eso del Ninistu ese, ya he aguantado demasiado tiempo. Basta, Carolina. Hay más deportes, deportes más pacíficos, incluso deportes asiátcos de esos, si quieres. El Tai-chi, el Taekwondo… Carolina, cuando te vi en el suelo, inconsciente… pensaba que…”. En ese último punto a su madre siempre se le llenan los ojos de lágrimas y se las seca sin acabar la frase.En fin. Habrá que empezar a hacerse a la idea: o el Ninjutsu o mamá.

Aún dentro de la sala de rehabilitación, Andrés sigue atormentándose. Su cabeza ha perdido todo el cabello desde el accidente, y se adelgazó a un ritmo abrumador al dejar de comer. Su madre insiste en que tiene que acabarse todo lo que le pone en el plato, y su padre pica algún ritmito insoportable en sus ruedas metálicas con las uñas largas y amarillentas y dice “Sunsita, deja en paz al niño, bastante tiene ya con todo”. Andrés, el niño. El niñito de sus ojos, el muñequito de sus padres, que cumplió los cuarenta y siete hace unos meses ya. Andrés, el niño eterno de la pareja de viejos putrefactos, el niño de cuarenta y largos de quien la vida había empeorado desmesuradamente, si cabe, después del accidente. Sudoroso en la camilla, sube una rodilla tras otra con lentitud mientras hace tímidas expiraciones. Tuvo que aprender a caminar de nuevo después de aquello. Y entonces sí se sintió otra vez niño, otra vez pequeño y desvalido. Por más que lo ha intentado, no hay manera de deshacerse de sus padres. El olor a pintura le calma. Es cierto que haciendo ejercicios de motricidad no deja de pensar, pero agradece al menos salir de casa. Jonny se acerca con una pelota roñosa de color amarillo que en realidad es ocre. “Andrés, haz la serie de ejercicios con la pelota, y ya estará por hoy”.

Adela mira con asco la pelota roñosa que el calvo coloca entre sus rodillas de esqueleto. Luego mira otra vez a Jonny. ¿Será boliviano? Por qué necesita saberlo, no lo sabe. Pero le pica la curiosidad. ¿Será porque ni la mira, que el moreno le interesa tanto?, se pregunta a si misma Adela, ¿por qué no me mira, el tío ese? ¿No soy demasiado guapa para él? Adela recoloca bien sus pechos dentro del sujetador, y el escote gana volumen. El gordo peludo de las cervicales de papilla le sonríe. Qué asco. Y Jonny hojeando papeles otra vez… ¿será gay? Es gay. Claro.

Arianna rompe el silencio de la sala con un suspiro incontrolado. Se le ha escapado, ella no quería hacer ruido pensando tanto. Todos se giran para mirarla y Jonny dice: “Uy, Arianna, ¿qué son esos suspiros? ¿Está usted enamorada?”, y ella, de ojeras violáceas y pelo ondulado teñido de castaño claro, dice: “No, hijo, no… Más quisiera yo…”. Y vuelve a suspirar sin darse cuenta, mientras visualiza aún a Bubu muerto en la calzada y casi puede oír los sollozos de los niños. El hombre que le recuerda al perrito muerto le guiña el ojo otra vez y dice, alegre: “¡Pues enamórese, señora, que el amor cura todos los males!”. Arianna se sonroja sin saberlo, pero no hace falta que conteste nada porque Jonny suelta rápido: “eso decía Eli, y se equivocó”. “¿Quién es Eli?”, quiere saber el hombre que le recuerda al perrito, a lo que Jonny contesta: “mi ex”. La chica delgadita y mona que hace ejercicios de tobillo alza los ojos de golpe y mira al pobre Jonny. El hombre gordo y peludo de ojos pequeñitos se ríe diciendo: “ya veo por tu cara que sí se equivocó esa tal Eli, sí…”.

¿No es gay? Mierda, pues no es gay. Y entonces, ¿por qué nunca me mira?, cavila Adela. Hace ya rato que no se acuerda de Fausto. Igual que él no se acuerda de ella cuando no conviene. De repente Adela no puede sacar los ojos del morenito que va paseando entre tullidos arriba y abajo. Nunca se había fijado que era atractivo. Bajito, pero atractivo.

Arianna deja la conversación sobre el amor y el desamor sin preámbulos. “Jonny, ¿me puedo ir ya?” y él asiente con la cabeza. Arianna se va cabizbaja arrastrando los pies por el suelo. El hombre parecido a Bubu le ladra un adiós amistoso, pero ella no contesta y desaparece por el pasillo. Al fondo hay un vestidor; entra y se cambia de ropa. Pone los pantaloncitos elásticos y la camiseta de las Olimpiadas del 92 que compró su difunto marido dentro del bolso, y sale a la calle. El aire es fresco, tendría que haber cogido la chaqueta con forro. Recuerda su notita de letra trémula: falta comprar detergente en polvo y bolsas de plástico con cierre. Nunca ha ido a comprar en este barrio, así que le pregunta a una chica de la calle por algún supermercado, y sigue sus amables indicaciones. Una a la izquierda, seguir recto, girar la segunda a la derecha. Y cuando ya vislumbra el rótulo brillante de un supermercado, aparece delante suyo la tienda de animales. Arianna ve su reflejo tristón en el cristal, y al otro lado unas jaulas blancas con unos cachorritos encantadores dentro, revolcándose unos contra otros, aprendiendo a mirar y a oler y a jugar. Hay uno marrón claro que es igual a Bubu. Idéntico a Bubu. Sabe que no puede ser: Bubu está muerto y enterrado en el jardín de la señora al lado de los rosales; pero igualmente Arianna se frota los ojos y se pregunta si no será el mismo Bubu que ella dejó atropellar. Puede haber reencarnado, puede haberlo enviado Diós para que los niños la perdonen. Es como Bubu pero en cachorro, hasta juraría que la ha reconocido, porque ahora da brincos como un loco mirando hacia donde está ella. Arianna se seña, nerviosa. ¿Bubu? Se imagina la cara de la Senñora Júlia si la viera llegando con un cachorrito en brazos. ¿Cuánto costará una hermosura peludita como esa? En la jaula no hay ningún precio, solo una cartulina que pone “cachorros recién vacunados”. La cara de Júlia en la imaginación de Arianna se enfada por momentos constriñendo todas sus jóvenes arrugas. Si se lo lleva, cesará el buen trato, quizás la despida y todo. Arianna tiembla. Luego los niños se le aparecen de golpe, como reflejados a su lado en el vidrio de la tienda de animales: Kili sonríe mucho, no para de sonreír, juega con el cachorrito que se le escurre entre sus manos. Nela chilla de alegría y persigue al animalillo con una renovada excitación infantil. Arianna vuelve a temblar. Sacude la cabeza, y las apariciones de los niños y de Júlia en el cristal se esfuman. Ella entretiene su pensamiento diciéndose que hoy ha refrescado, tendría que haber cogido la chaqueta granate con forro. Y, aún así, se ve incapaz de moverse de allí, mientras el perrito enjaulado entre los demás se desespera de alegría, y cuanto más salta el animal más le retumba el corazón en su pecho viejo y cansado y triste pero con una pequeña esperanza. Su corazón da brincos, y brincos, y brincos, y brincos, y brincos, y brincos.

Andrés susurra “ya está, me voy”. Nadie le oye, nadie responde. Se calza lentamente, se anuda sin prisa los cordones, y va dejando tras de sí el silencio caliente con olor a pintura dentro de la sala. En la avenida pasan muchos coches, muy rápidos. Como el suyo el día fatídico que dejó casi ilesos a sus padres, con tan mala suerte de sobrevivir para recordarlo cada día. Hay que asumirlo: sus padres son indestructibles. No funcionó el veneno en el agua, ni el ataque de corazón al entrar a robar en su propia casa para asustarles. Y por último no funcionó el accidente de coche. Sus padres vivirán para siempre. Sus padres son inmortales. Andrés se adentra en la boca del metro, baja las escaleras y espera paciente en la andana. Ha tenido que volver a aprender a caminar para llegar hasta aquí, y ahora está decidido a dar el paso. El reloj digital de luces amarillas indica en una cuenta atrás que el próximo convoy tardará un minuto y veintinueve segundos, veintiocho, veintisiete, veintiséis, veinticinco, veinticuatro. Respira hondo. Siente otra vez el miedo liberador. El corazón martillea incluso más fuerte que el día que aceleró el coche contra aquel árbol. Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum. Pum-.

Quedan dentro de la sala de rehabilitación Adela y el gordo baboso. Por fin, el gordo se despide alegremente. Ella ni lo mira, Jonny solo le sonríe, pero como está de espaldas el tío baboso no lo ve. Ya se ha marchado. Ahora están ella sola y su moreno. “¿No tiene que venir nadie más?”, pregunta Adela, apoyándose con cuidado sobre el tobillo malo cinco segundos, parando cinco segundos más, y así repetidamente. Jonny mira el reloj “no, ya es la hora de comer. Tú eres la última, después ya les toca a los del turno de tarde”. Adela nota un cosquilleo en su pecho. Se imagina haciéndolo con el fisioterapeuta moreno encima de una camilla. “Pues yo ya he acabado la serie de ejercicios, así que ya me voy”. El chico está apagando la máquina de la magnetoterapia, y va a por la de la parafina. Adela coge aire. Fausto está muy lejos en su interior, tan pequeño que ni le ve, y el moreno al galope encima de la camilla ocupa todo el espacio que tiene su imaginación. Cuenta hasta tres, y repite: “Pues nada, Jonny, yo ya me voy”, y esta vez añade: “a no ser que quieras que me quede”. Y antes de que Jonny reaccione, Adela cree que su corazón se mueve tan fuerte en aquel silencio recién pintado de blanco que él va a oír los latidos rezumando por la piel sudada de sus senos. Un latido tras otro, uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro, tras otro, tras otro, otro.

Y si logras sobrevivir habrá fusilo de maldad, preguntarás en dónde estás, preguntarás qué te pasó, vuelve a cantar Segismundo, caminando de vuelta a casa por la misma calle por la que ha venido. Pero ahora la calle hace pendiente hacia abajo y en vez de arrastrar su peso tiene que frenarlo. Le duelen las cervicales, pero se siente fuerte. “Tan fuerte, que podría ir a trabajar”, dice en voz alta. Y de repente se asusta a si mismo. “Eso ni en broma, Segismundo: tú no trabajas más ni por tus santos cojones, y una mierda”, se reconforta oyéndole decir eso a su pensamiento. Vuelve a sonreír. Le toca visita al médico dentro de tres días. Habrá que hacer algo para agravar significativamente y asegurar el tiro: por más que trata de empeorar, las manos de santo de Jonny le dejan casi nuevo, con esos masajes a los que, ni aun que pudiera, sabría decir que no. Va pensando en eso sin siquiera oír las voces agudas de unos niños que se acercan. Hasta que uno de ellos chilla escandalosamente, y Segismundo recibe un golpe detrás de su pierna. ¡Ay!, ¡me cago en la leche!, grita, frotándose el golpe. Y se da cuenta de que hay un monopatín volcado detrás suyo, lo que ha chocado contra sus gemelos. El niño que se ha caído ya se acerca, perdone señor, ¿le he hecho daño?, pero Segismundo se apresura, no hay tiempo para pensar: coge el monopatín y lo deja rodar por la pendiente, y él empieza a correr torpemente detrás, nota cómo el pantalón se le baja un poquito y deja ver la raja del culo, pero él no se detiene, “sin pensar, grandullón”, se dice, y antes de dar el salto encima de la plataforma del monopatín, nota las fuertes sacudidas de su corazón, que no piensa pero siente, y los fuertes golpes en el tórax le dan la sensación de que le va a estallar. Le da pinchazos en el pecho, muy seguidos, ahora, ahora, ahora, ahora, ahora, ahora.

Carol se ha sentado en su escritorio. Intenta en vano concentrarse en el libro de estadística cuando oye cerrarse la puerta de casa. Es mamá. Un vértigo en su estómago crece a medida que los taconazos de su madre se acercan por el pasillo. “Hola, cielo. Me cambio y me pongo con la cena, ¿vale? Hoy estoy reventada”. La mujer se posa un segundo en el lindar de la puerta de la habitación de Carol, que sigue callada delante de los ejercicios de estadística. “Carolina, ¿estás bien?”, le pregunta su madre, y ella cree que es que a lo mejor puede oír tan fuertemente como ella misma las palpitaciones que la golpean por dentro como si el corazón se hubiera liado a patadas con el aire. Traga saliva. “Mamá, siéntate. He tomado una decisión, escúchame hasta el final: no ha sido fácil”. Y, aunque a Carol se le corta la respiración, su corazón luchador patea y sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, sigue.

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

S'està connectant a %s