La salida

Mugiendo me levanto. Da igual lo que le pida a Zeus; otra vez ha salido el sol. Las sombras azules son siempre iguales, bañan los pasillos con el mismo ángulo cada vez que parpadeo despidiéndome de mi sueño. El horizonte vuelve a irse. Tengo la espalda fría, y al ponerme en pie mi columna casi se derrumba. Mi cabeza pesa como siempre y doy tumbos al caminar. De derecha a izquierda, las paredes de los pasillos me marean y mi vista corta alcanza sólo hasta la pared que delimita el pasillo siguiente, o el anterior. Avanzo un poco más y giro a la derecha, luego a la izquierda dos veces, tres más a la derecha, una a la diagonal, sigo recto sin prestar atención a los pasillos que se abren a los lados, hasta que llego al cruce de siete pasillos y tiro por el tercero empezando por la izquierda, avanzo más y por fin llego a la fuente. Miro el agua que salta y que el sol tiñe de luz antes de que vuelva a caer. Me gusta su olor. Apoyo las palmas de mis manos a la piedra mojada y agacho la cabeza. Lamo el charco con la lengua bebiendo hasta que ya no puedo más. Pego un bufido, mi hocico tiembla, oigo el eco ramificándose con pena entre pasillos infinitos. Luego el silencio otra vez y el agua repicando. Vuelvo a caminar. Mi enorme cabeza se adelanta, la curva de mi espalda cruje. Mujo y con el dedo me seco una lágrima. Corro un poco, tengo hambre, quiero encontrar mi presa pronto, que pase el tiempo, el día acabe, pedirle a Zeus que hoy sea el último, soñar de nuevo el horizonte y no alcanzarlo nunca.

Algo toca mi espinilla. Tropiezo y caigo volcando mi cabeza contra el suelo. Tengo rasguños en el brazo y hay sangre en mi hocico, puedo olerla fresca. Me incorporo con dolor y veo la marca que mi cuerno ha dejado en el suelo. Lanzo un bramido y las paredes rezumban. Después de relamerme veo el hilo. Se ha cruzado en mi camino. Lo seguiré. Me pregunto hacia qué extremo quiero ir; escojo al azar, no se me ocurre otra manera. Alguien lo ha puesto, qué habrá al otro lado, algo encontraré porque ese hilo tenso no había estado nunca aquí antes. Giro siguiéndolo hacia la derecha y la izquierda repetidamente, luego recto otra vez y más y más giros.

Al fondo del pasillo el joven me espera agarrando la espada con las dos manos. Veo mi
salida en su mirada.

2015-06-14 22.53.00

*Este relato inspiró los tres microcuentos titulados Tríada zurcida

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