Hibernación

Tardé unos años en asumirlo. Y mi madre también. Llena de amor por mí, quiso esconderme: decía que el mundo no aceptaría mis condiciones físicas, pero que si nos manteníamos juntos no supondría ningún problema. No les necesitamos, nos apañamos bien tú y yo, decía. Si bien es cierto que a veces quería tener algún amigo, tengo que reconocer que con ella no me faltaba nada, y hasta creo que hubiera aguantado toda una vida dentro de casa así, casi como un encadenado feliz a la pared de la caverna viendo las sombras pasar. Ella me enseñaba esas cosas. Me enseñaba el mundo a través de historias que me contaba, y con ella yo aprendía a dividir, a leer, a dibujar muy bien (porque dibujo muy bien), e incluso llegué a tocar el violín como ella durante un tiempo, hasta que mis dedos empezaron también a crecer sin parar, siguiendo mi cuerpo. Como al final de la rama el capullo se acaba convirtiendo en flor. Pude tocar el violín hasta que mis dedos fueron grandes como los de un holandés –como decía ella-. Es decir, hasta los ocho años.

Luego me compró un violoncelo, que hizo su función hasta que también me quedó pequeño. Ya al final compró un contrabajo. Yo lo cogía por el mástil con delicadeza, como hacía ella con el violín, y colocaba la parte de abajo del instrumento (desprovista de la pica, que mi madre había sacado para que no me lastimara) apoyado en el ángulo que hacían mi cuello y mi hombro. Erguía la espalda, miraba recto, y me sentía elegante. Pero el sonido que hacía el contrabajo no era el que emitía el violín de mamá, que sentada en una silla delante de mí me corregía la posición del brazo, la presión de los dedos, mi respiración. Me entristecía no poder tocar el violín, y un día le dije que el contrabajo tenía un sonido feo, que no me gustaba.

-No es un instrumento feo, es que no está pensado para ser tocado así; pero el contrabajo es muy bonito, cielo. Cuando seas mayor voy a hacer que te construyan un violín a tu medida. Pero por ahora no; mucho me temo que aún no has pegado el estirón.

Tenía once años cuando empecé a pegar el verdadero estirón. Mi cuerpo creció tanto que mamá dejó de entrar en el salón porque no cabíamos los dos. Me dolían los huesos, todos los huesos, porque tenía que hacer posturas muy extrañas para poder encajar mis extremidades en algún rincón. Mis vertebras crujían. Yo, por mi parte, trataba de respirar delicadamente para que mis costillas se movieran lo menos posible. Eso (y el hecho de que la alimentación que podía darme mamá era cada día más insuficiente) me dejaba sin energía y pasaba el día durmiendo. Parecía una serpiente enroscada, anudada, de la que no se distingue el principio del fin, hibernando en una caja de zapatos que un niño ha decorado para que sea su casita. Pero el niño era yo, y mi madre era quien me había preparado la caja de cartón que no me dejaba espacio para moverme. Ella se asomaba por la puerta del salón para hablarme, pero yo casi no oía. Por el rabillo del ojo la veía tomar un café sentada en una silla en el recibidor, al lado de un dedo mío que había conseguido hacer pasar por la puerta para que ella pudiera acariciarlo. Mi dedo era como su pierna. Algún día tocaba el violín para que yo pudiera escucharla, pero siempre dejaba el instrumento a media canción porque se ponía a llorar.

Yo, en general, me aburría. Me aburría mucho. Un día empecé a soñar cosas que nunca antes había soñado: soñaba con un perro, soñaba que me tomaba un helado con una niña que tenía la cara de mamá, soñaba que jugaba al fútbol y que me caía y que la gente –no sé qué gente- aplaudía para que cogiera fuerzas y me levantara. Un día soñé que iba a un parque de atracciones y que no me mareaba nunca en la montaña rusa. Y al despertarme y tener clavado el borde de la mesa en la espalda pensaba que no era justo, que nada era justo. Nunca dije nada, porque mamá seguía repitiendo que no necesitábamos a nadie y que nos las apañábamos muy bien solos, y a mí me daba pena. Con lo que me ha cuidado ella a mí todo este tiempo, ahora tengo que cuidarla yo, pensaba.

Luego la pared se agrietó. No lo dijimos, pero los dos nos dimos cuenta. En poco tiempo salieron un par de grietas más, que yo pudiera ver –seguramente habría más en los dormitorios y la cocina, que solo ella veía. Un día de lluvia me quedé empapado. La primera grieta se había ensanchado y el viento hacía que mi piel mojada se enfriara. No me quejé.

Mamá me acariciaba el dedo cada día. Si no estaba cansada se lo ponía en el regazo; si hubiera dibujado una cara de perro en la yema, habría parecido que mi madre tenía un perro-dedo. Si por el contrario estaba cansada, se tumbaba en la palma de mi mano y sus cabellos me hacían cosquillas.

La casa se fue derrumbando poco a poco. A menudo me entraba arenilla en el ojo, no era muy agradable. El sol se filtraba con fuerza al mediodía por las grietas y agujeros del tejado, cosa que me gustó al principio de la primavera, pero más tarde me costó soportarlo. En verano la gente empezó a salir, yo veía más movimiento por el trozo de ventana que alcanzaba mi vista. Y le pregunté un día a mi madre cómo estaba el parque. Hacía tiempo que no me contaba nada de lo que ocurría fuera. Mi boca, haciendo una mueca chafada contra la pared, emitió un sonido poco nítido cuando le hice la pregunta. Pero ella ya se había acostumbrado a mi forma de hablar y entendió. Me explicó cómo brillaba el sol en los bordes de los bancos, cómo la pelota de unos niños se mojó aquella mañana al caer dentro de la fuente, cómo las palomas movían la cabeza de un lado a otro al marcharse el anciano que les daba migas de pan. Ya sabes, como siempre, nada especial, concluyó. Al oírla se me encogió el corazón. “Nada especial”, resonó en mí. Se me encogió como si fuera a empezar el proceso inverso que durante aquellos años había hecho mi cuerpo: empequeñecer y empequeñecer sin remedio. Como si fuera a desaparecer, mi corazón perdidito por mi cuerpo gigante y los latidos silenciados bajo mi inmensidad.

En vano traté de esconder mis sollozos, porque todo empezó a temblar. Mi madre estaba muy asustada, salió corriendo de la casa por miedo a quedar enterrada bajo las ruinas, y desde la ventana intentaba consolarme. Lloré con una pena inmensa, y caía arena sin cesar por todas partes. La casa se deshacía como un terrón de azúcar. Me dijo que no se había dado cuenta de hasta qué punto estaba yo triste. Yo no le echaba nada en cara, solo lloraba procurando no moverme, pero era del todo imposible.

Ella dijo: “levántate”. Y al ver que yo seguía tratando de no moverme, gritó: “¡Hijo, cielo, levántate!”. Entonces dejé de llorar, y al levantarme no se oyeron mis huesos crujir por el estruendo que hizo la casa al derrumbarse, tan rápidamente como yo conseguí ponerme en pie. Cuando el polvo desapareció busqué a mi madre, que lloró de emoción y de incredulidad al verme erguido como si tocara el violín. Le pregunté: ¿dónde está el parque de atracciones? Y la cogí con mi mano mientras ella chillaba y se reía a la vez, y ya sentada en mi hombro me indicaba: a la izquierda, a la derecha, cuidado con ese árbol, cielo, ahora sube la cuesta, gira por aquí.

El parque de atracciones era muy pequeño.

Aun así era bonito: tenía colores por todas partes, y de vez en cuando una ráfaga de aire olía a caramelo. Como estaba en lo alto de la colina se veían la ciudad y el mar a lo lejos. No tardaron en marcharse corriendo todas las familias que habían ido allí a pasar el día. Desde mi altura pude oír sus gritos, y con sus corredizas me parecieron hormigas desorientadas. El tiovivo siguió dando vueltas, vacío. Las demás atracciones, en cambio, se habían parado. No les necesitamos, pensé. Mamá respiraba tranquilamente cerca de mi oído. Me acerqué a la montaña rusa. Me agarré al looping más grande y subí a los raíles, consiguiendo equilibrarme. Miré la ciudad desde allí arriba un buen rato, respirando el aire, viendo el mar al fondo. Te llevaré a las islas, le dije a mamá, te llevaré por todas partes, ya verás cuando sea mayor cuántos sitios vas a ver.

Me senté en la curva de la montaña rusa. Tenía la forma perfecta para poder reposar mi espalda, y me tumbé cómodamente, como si estuviera esperando el atardecer desde la hamaca del jardín.

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